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Indículo de sombras cierra un ciclo poético de carácter confesional con un cauto —y hastiado también—, ocultamiento del sujeto tras el remedo de formas clásicas, o propias más bien de otros. Todo el desgarramiento y la desesperanza que aún puede expresarse en este ámbito marginal y desacreditado de la poesía —donde aún es permitido decir lo que en prosa pasaría por excesivamente quejicoso o falto de contención— quedó ya dicho en Paciencia del destino y en Despojos. Hay en estos dos libros un predominio tácito de las tres estrofas habitualmente consideradas como propiamente españolas, la lira, el romance y la copla manriqueña, coincidiendo el contenido con estas formas de por , sí dolientes e inflamadas. El Indículo de sombras, en cambio, domina la parodia poética, donde se aloja el intento de una poesía de lucha —gnómica, más que panfletaria—, que pretende arrojar al sujeto productor a su lugar real: el de la inseguridad entre el remedo crítico y la forma impostada. Tal vez lo que a continuación de este ciclo venga sea el silencio poético, o simplemente el recomienzo de un ciclo tan redundante como éste: si una función puede tener aún la poesía en estos días, es la de hacer patente que el individuo hablante —y más el escribiente— está hecho de repeticiones de ritmos y obsesiones temáticas.
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